Le pregunté a mi terapeuta sobre el duelo y sobre por qué iba por etapas. Me explicó brevemente que desde 1969 una psiquiatra suiza, que se formó en Estados Unidos, llamada Elisabeth Kübler-Ross definió que eran cinco las etapas del duelo y que desde entonces se había discutido sobre si se cumplía o no este modelo.
Estoy harta de estar enojada y quiero seguir a la siguiente etapa, me siento estancada y cansada- le contesté.
¿Sientes ira o depresión? Recuerda que pueden venir combinadas, me advirtió.
Solo me siento enfadada y defraudada cada vez que lo pienso. Estoy cansada de pensar y de sentir enojo- le dije. Quiero llorar o negar lo que pasó, incluso quiero sentir que debo negociar con el entorno- puntualice.
Incluso a veces no vives todas las etapas, te enfrascas en una y debes trabajar para salir de ella. Me repitió, a manera de consuelo, mi terapeuta.
Me volví a enfadar.
¿Qué sientes además de enojo? Me cuestiono, entrando de lleno a la terapia del día.
Ubico que tengo dos tipos de enojo y cansancio. Hay días en los que me siento sofocada, donde quiero llorar y no puedo, donde no quiero pensar en un futuro, porque sería volver a creer y me enoja sentir que me van a volver a decepcionar, me enoja darle vueltas a lo que pasó. Quiero dejar de sentir desprecio por él, empecé a decir.
Esperaba una lágrima, pero no, sólo siguió el enojo.
Hay otros días -proseguí- los peores, pero los comunes a lo largo de los años, donde sólo siento enojo por extrañar creer en algo, por no sentir un refugio cercano y sólo imagino mi alma en pedazos, quiero salir corriendo.
Mi terapeuta me vio con esa mirada de no creerme del todo. Entorno la vista a sus apuntes y me volvió a cuestionar: ¿y después, cómo cambias de un enojo al otro?.
No lo sé, sólo pasa. A veces se me olvida estar enojada y llevo mi día normal, pero siempre que llego a casa se enfrentan a duelo ese tipo de enojos. Prefiero el segundo porque es el que más conozco, el primero sólo me hace sentir decepcionada, en el segundo siento que es un terreno conocido, donde sólo debo recuperar la fe.
¿Y eres creyente?, me rebatió.
Hay días donde siento más fe. Trato de guardar ese sentimiento para los días en los que la pierdo. Sólo que esta vez ha imperado el enojo, no he aceptado del todo la decepción de haber confiado y después haber sido timada.
Pero, entonces ¿con quién estás enojada?
Con él por ser un cobarde, conmigo por ser una creyente.
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