Un sabor amargo en la boca me despertó, apenas amanecía y un temblor extraño se apoderaba de mi cuerpo. A mi lado Erika y su novio estaban abrazados sin apenas taparse, la postal desnuda de la juerga era imposible de ocultar. Ni siquiera había sentido su llegada.
Al salir de la habitación me encontré a Juan en el piso, la computadora a lado de él, una cerveza y una frazada, que seguramente alguien le había procurado, eran el primer cuadro del exterior, de la mañana, tarde o noche en la que había salido del cuarto de descanso.
Al llegar al baño me di cuenta de lo que había pasado, dos días de borrachera después seguíamos sin superar la pérdida, el retiro espiritual se había prolongado pero la realidad seguía su transcurso habitual. Lo primero que pensé fue en huir, justo en ese instante antes de querer seguir sanando mi alma.
El viernes a las nueve en punto nos avisaron. Ramiro, el buen y gran Ramiro se nos había ido, su casera lo había encontrado dos días después cuando pasaba a limpiar su cuarto. El muy tonto se había intoxicado de polvo y cristal, estaba solo, con un libro en la mano cuyo título nunca sabremos pero que había sido su compañía en el inicio de viaje. Traía puesta su camisa de cuadritos rosas, auquella que tanta burla provocaba.
Ocurrió un primero de mayo, nosotros nos enteramos hasta el cinco, justo en la celebración de la batalla de Puebla, evento que festejábamos por el simple hecho de tener un día libre.
¿Por qué no fuimos a despedirlo? Me preguntó Tavo. Se había sentado a lado mío después de experimentar ese temblor post borrachera que lo había despertado.
No lo sé -le conteste- creo que no conocemos a su familia y francamente siento que si hubiéramos ido nos habrían echado, además no sabemos si está acá o se lo llevaron a Tlaxcala, recuerda que su familia era de allá. Contesté.
Tavo llevo sus manos a la cara y empezó a llorar, llevaba un suéter color azul y blanco que contrastaba con esos chinos enormes, sus botitas industriales y unos pantalones negros. Eran colores demasiado claros en el centro de tanta oscuridad. El llanto complementaba esa fragilidad fugaz que atestiguaba.
Su llanto despertó a los demás.
Juan prendió un cigarro y nos dijo a todos que estaba harto de hacer lo mismo, de sentirse así. Lo único que yo pensaba era que les estaba dando el bajón a todos y que Juan nos iba a correr de su casa en cualquier momento, cosa buena, pues así podríamos ir a nuestros refugios a llorar, solos y sin tener que sanar almas, sólo tendríamos que sanar nuestro dolor recordando los tiempos de Ramiro, y eso era algo que teníamos que hacer solos sin fingir que entre nosotros nos entendíamos y podíamos compartir nuestro dolor.
Finalmente lo que siempre compartíamos y compartiremos son los retiros de espíritu.
9/mayo/2007
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