Recuerdo la
primera vez que llegué al pueblo. Era de un verdor avasallador que contrastaba
con los caminos de tierra recién trazados. La calle constaba de cuatro casas,
seis familias, cinco perros, un gato y trece vacas. Vivían más vacas que
familias, y en verdad vivían más.
Era un sitio
pequeño, silencioso y agradable. Cuando mis padres decidieron comprar un
terreno prefirieron hacerlo lejos de la contaminación, lejos de la nata y el
aire cada día más viciado. Esto, porque a su hijo menor se le cerraba la
garganta y se asfixiaba cada que había una contingencia ambiental, su caso,
como el del 40 por ciento del total de habitantes citadinos, era grave y
necesitaba de una solución viable.
El aire los
estaba matando y nadie los protegía.
También recuerdo la primera vez que vimos las
bolas de fuego. Algo era seguro, no eran brujas, más bien se trataba de
pequeños espasmos de la tierra donde los gases y el sol creaban fuego y una
visión equivocada.
El pueblo empezó
a crecer y se convirtió en una ciudad, emergieron comercios, escuelas, tiendas
y gente, mucha gente. Parecía que el nivel de natalidad era excesivo porque se
empezaron a ver personas en todos lados, en cada metro, en cada espacio de
libertad se encontraba un niño, un anciano, una mujer embarazada, era
apabullante.
Después surgió la
secta, empezaron a creer en fantasías. Alrededor de la ciudad se inició una
instalación de nuevas familias, gente rara y trabajadora, bastante funcional y
productiva pero poco pensantes, en un inicio nadie les prestaba atención.
Entrega I
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