martes, 28 de abril de 2015

Una ciudad protegida

Recuerdo la primera vez que llegué al pueblo. Era de un verdor avasallador que contrastaba con los caminos de tierra recién trazados. La calle constaba de cuatro casas, seis familias, cinco perros, un gato y trece vacas. Vivían más vacas que familias, y en verdad vivían más.
Era un sitio pequeño, silencioso y agradable. Cuando mis padres decidieron comprar un terreno prefirieron hacerlo lejos de la contaminación, lejos de la nata y el aire cada día más viciado. Esto, porque a su hijo menor se le cerraba la garganta y se asfixiaba cada que había una contingencia ambiental, su caso, como el del 40 por ciento del total de habitantes citadinos, era grave y necesitaba de una solución viable.
El aire los estaba matando y nadie los protegía.
 También recuerdo la primera vez que vimos las bolas de fuego. Algo era seguro, no eran brujas, más bien se trataba de pequeños espasmos de la tierra donde los gases y el sol creaban fuego y una visión equivocada.
El pueblo empezó a crecer y se convirtió en una ciudad, emergieron comercios, escuelas, tiendas y gente, mucha gente. Parecía que el nivel de natalidad era excesivo porque se empezaron a ver personas en todos lados, en cada metro, en cada espacio de libertad se encontraba un niño, un anciano, una mujer embarazada, era apabullante.
Después surgió la secta, empezaron a creer en fantasías. Alrededor de la ciudad se inició una instalación de nuevas familias, gente rara y trabajadora, bastante funcional y productiva pero poco pensantes, en un inicio nadie les prestaba atención.



Entrega I 

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