Me
gusta la noche porque es cuando la mayoría de la gente se va a dormir y se
pueden ver las estrellas. Cuando el ruido de los coches se ha minimizado y
puedo salir al balcón, a observarte, a pensarte, a imaginar los lugares donde
estarás y los lugares en los que estuvimos. Me gusta la noche porque por fin la disfruto.
¿Te
acuerdas cuando perdimos nuestro vuelo a Punta Cana? Tu tranquilidad me mataba,
sólo eras capaz de decir que no te gustaba el calor, repetías una y otra vez
que odiabas que tu cabello se pusiera rebelde con la humedad, aunque bien sabías
que tu cabello nunca se acomodaba como tú querías. Sólo querías ver mi reacción
de enojo, ese enojo que habías provocado por tu pasividad.
El
frío de la noche me recuerda que no estoy en ese instante, que no vale la pena
ensimismarme. Pero la noche se presta a que los sentimientos crezcan y la
melancolía es uno de los más populares entre los solitarios.
Tenías
22 años y te rehusabas a mantener una relación normal, me habías advertido
sobre tu falta de compromiso y sobre tu ansia paralela por apegarte mucho a tus
parejas. Nunca lo entendí, siempre me pareció que teníamos una relación
obsesiva, con altibajos cada semana.
Cuando
decidimos intentar el viaje fallido a Punta Cana, compramos los boletos de
avión y una vez más volvimos a perder el vuelo. Esta vez argumentaste que tu
cama no te había permitido levantarte. Al fin y al cabo, playas hay muchas, lo
que necesitábamos era nuestra compañía.
Cuando
decidí irme sin ti, en el tercer intento de viaje, me encontré con un aeropuerto lleno de viejos que buscaban desesperados un sanitario. Mi cabello había tomado una forma inigualable, casi de salón y habían perdido mi
equipaje. Tuve que irme al hotel sin ti.
Recuerdo
bien la tarde, el sol estaba por meterse y decidí escaparme unos minutos a la
playa. Había muchas gaviotas. Su color contrastaba con el turquesa del mar,
pero los pellizcos que le daban a un bocadillo olvidado me generó mucho asco.
Parecía una jauría de hienas destrozando un antílope. Me marché.
En
el hotel me encontré con una habitación pequeña, en la que el aire
acondicionado resecaba mi nariz y me generaba más frío que frescura. Al
apagarlo sentí la humedad del lugar, ese calorcito instantáneo que me hizo
recordarte. No has llamado y no lo harás. Te has acostumbrado a que siempre te
busquen, aunque por momentos la ansiedad te haga dudar.
Hoy
debes tener unos 31 años, después de pasarme unos años en Punta Cana, recordé
lo que me dijiste: tú eres un ser de calor, yo te doy demasiado frío. Tú eres
un ser de día, yo no puedo despertar temprano. Tú no puedes parar, yo siempre
espero. Lo malo fue que no me esperaste.
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