lunes, 7 de noviembre de 2016

Esperas

Me gusta la noche porque es cuando la mayoría de la gente se va a dormir y se pueden ver las estrellas. Cuando el ruido de los coches se ha minimizado y puedo salir al balcón, a observarte, a pensarte, a imaginar los lugares donde estarás y los lugares en los que estuvimos. Me gusta la noche porque por fin la disfruto.
¿Te acuerdas cuando perdimos nuestro vuelo a Punta Cana? Tu tranquilidad me mataba, sólo eras capaz de decir que no te gustaba el calor, repetías una y otra vez que odiabas que tu cabello se pusiera rebelde con la humedad, aunque bien sabías que tu cabello nunca se acomodaba como tú querías. Sólo querías ver mi reacción de enojo, ese enojo que habías provocado por tu pasividad. 
El frío de la noche me recuerda que no estoy en ese instante, que no vale la pena ensimismarme. Pero la noche se presta a que los sentimientos crezcan y la melancolía es uno de los más populares entre los solitarios.
Tenías 22 años y te rehusabas a mantener una relación normal, me habías advertido sobre tu falta de compromiso y sobre tu ansia paralela por apegarte mucho a tus parejas. Nunca lo entendí, siempre me pareció que teníamos una relación obsesiva, con altibajos cada semana.
Cuando decidimos intentar el viaje fallido a Punta Cana, compramos los boletos de avión y una vez más volvimos a perder el vuelo. Esta vez argumentaste que tu cama no te había permitido levantarte. Al fin y al cabo, playas hay muchas, lo que necesitábamos era nuestra compañía.
Cuando decidí irme sin ti, en el tercer intento de viaje, me encontré con un aeropuerto lleno de viejos que buscaban desesperados un sanitario. Mi cabello había tomado una forma inigualable, casi de salón y habían perdido mi equipaje. Tuve que irme al hotel sin ti.
Recuerdo bien la tarde, el sol estaba por meterse y decidí escaparme unos minutos a la playa. Había muchas gaviotas. Su color contrastaba con el turquesa del mar, pero los pellizcos que le daban a un bocadillo olvidado me generó mucho asco. Parecía una jauría de hienas destrozando un antílope. Me marché.
En el hotel me encontré con una habitación pequeña, en la que el aire acondicionado resecaba mi nariz y me generaba más frío que frescura. Al apagarlo sentí la humedad del lugar, ese calorcito instantáneo que me hizo recordarte. No has llamado y no lo harás. Te has acostumbrado a que siempre te busquen, aunque por momentos la ansiedad te haga dudar.

Hoy debes tener unos 31 años, después de pasarme unos años en Punta Cana, recordé lo que me dijiste: tú eres un ser de calor, yo te doy demasiado frío. Tú eres un ser de día, yo no puedo despertar temprano. Tú no puedes parar, yo siempre espero. Lo malo fue que no me esperaste. 

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