miércoles, 1 de mayo de 2019

Las puertas que azotan

Después de pasar más de 10 años juntos lo único que quedaba decir era gracias. Entre suspiro y suspiro la verdad se asomó entre los dos, Marlene se sentía más humana que nunca, más frágil y al mismo tiempo más fuerte. Era verdad que las opciones ante ella eran: O tener un gran recuerdo con el cual sonreír o mantener una actitud positiva ante la enseñanza que ponía la vida frente a ella.


Adán le dijo: -Hay veces que el amor te azota la puerta en la cara y si insistes en abrir te tira un gancho. Nuestro amor terminó así pero porque yo busqué un amor que te cambiaba, que no te concebía como eres. Yo insistí y provoque el gancho al hígado- .


-Vaya que duele-, le contestó Marlene.


-Ahora siento que me echó de la casa y me dejo en la calle, Marlene. Lo siento por todo este dolor- contestó Adán.


-Por lo menos es primavera, en invierno y en la calle, el frío te recordará con mayor fuerza que estás solo- remató Marlene.
-Aunque por ahí dicen que cuando una puerta se cierra se abre otra ¿no?-.


Pero dentro del pensamiento de Marlene se figuró una casa, esa casa que configuró cuando la puerta se había abierto a ambos y sentía que el amor lo podía todo. Cuando ninguno de los dos se aferraba a cambiar al otro y al contrario, los ahora defectos, los veían como características preciadas.


La casa que Marlene imaginaba era alta, fresca, de paredes blancas con un patio al centro, pero con remates en color rojo que le recordaban la pasión que ambos sentían al estar juntos. En el patio había muchas flores de colores.


Ahora las fachadas de esa casa estaban derruidas, los reclamos habían ensuciado las paredes de lodo, el color rojo se había disipado, el patio al centro ya no tenía flores y la puerta de salida estaba abierta, grande e imponente, invitando a que ambos se rindieran y salieran de ese “hogar” que ya no iban a tener.


Ahora ambos estaban sin casa, solos, afuera en el mundo. Afuera, la calle era empedrada, un camino sinuoso se dibujaba.


-¿En algún momento imaginaste cómo sería nuestra casa?- le preguntó Marlene a Adán.


-Sí, siempre quise vivir en un departamento tipo estudio, con paredes grises con remates en negro, un cuarto pequeño donde tú pudieras escribir y otro más donde yo podría dar consulta. Ya sabes algo pequeño pero bien ordenado- apuntó Adán.


Marlene le contestó -Creo que mi problema fue no recordar que las paredes blancas son las que más se ensucian, y que si no cuidas las flores se mueren-.


-Es bueno saber que nos soltamos y que aunque la calle es molesta cuando caminamos, seguramente ambos encontraremos ese hogar que idealizamos- le dijo con una leve sonrisa, Marlene.


Se abrazaron. Los dos sabían que ese hogar que ambos pensaron, nunca fue al mismo al que otro idealizo.

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