Una de las cualidades que
caracteriza a los ingleses es su puntualidad, esta virtud en el país parece ser
una maldición pues sólo me ha traído enojos, inconformidades y reclamos echados
a la basura.
Mi poca
aceptación a la impuntualidad ha llegado al nivel que he dejado botadas citas y he evitado salir
con algunas personas, pues, aunque disfruto de su compañía, detesto que me
mientan.
Sí, mentir, quedar mal, no respetar.
Para mí llegar tarde a algún lugar y después argumentar tráfico, lluvia y otras
cosas más es algo que puede provocar irritación estomacal en mi cuerpo. Mis
amigos lo saben y desde hace tiempo han definido una dinámica en la que avisan con anticipación su retraso y me dicen la verdad “güey apenas estoy
saliendo de mi casa y me voy a tardar un chingo, si quieres moverte pues hazlo y
yo te alcanzo”.
Así, también he tenido que aprender
a llegar sola a fiestas, restaurantes y bares pues las amistades siempre tienen
imprevistos y mala suerte.
No lo entiendo, me es imposible.
Llegar tarde siempre es algo que no puedo hacer.
Si alguien puede aclarar mi duda lo
agradeceré pues incluso en el trabajo me trae problemas.
Resulta que ser mediocre y no
exigirte lo mínimo es algo tan natural que sobresalir y seguir las reglas
mínimas te vuelve alguien que se queja con argumentos y presuntuoso #NoMamar. Es incómodo que la gente
no entienda el enojo que provoca la impuntualidad.
Tal vez la rara soy yo pues tengo
una obsesión con el tiempo, y es que justo sucede eso, me falta tiempo para
hacer, ver y escuchar tantas cosas que el hecho de esperarte me causa nauseas.
Si no les parece, evadan mi presencia
y sigan siendo ustedes, no los quiero cambiar pero tampoco me cambien.
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