No supe en qué momento
logré dormir, pero despertarme no me causó conflicto alguno. La realidad no
permitió que mi cerebro descansara. Margarita se fue, era imposible evadir los
trámites, a la familia, a los amigos, a la preocupación y a los llantos, esos
llantos ajenos que no han permitido que escuche mis gritos y quejidos
interiores.
Ana está a mi lado y
percibe que desperté, empieza a moverse, resopla, estira sus pies, imita un
sueño profundo y perfila una mirada furtiva e indiscreta hacia mí. Hola-me
dice- ¿has logrado descansar? Cuestiona casi de forma automática, sin realmente
pensar la pregunta, endereza su cuerpo, estira sus brazos y me mira con mayor
atención. Sus ojos se tornan vacíos, trata de fijar su vista, pero en realidad
no sabe qué decirme.
Toma mi cuello, se
recuesta en mi pecho y me dice por décima vez que siente mucho mi pérdida.
Comienza a llorar y debo abrazarla, pues ella sí tiene oportunidad de mojar su
rostro. Después de unos minutos me dice que se bañara y que me recomienda hacer
lo mismo. Quedo tendido en la cama, solo, viendo hacia el techo. Descubro un
par de telarañas invasivas y recuerdo que la limpieza de éstas me correspondía
a mí, pero deje que la casa se fuera desmoronando poco a poco, siempre en mi
afán de trabajar y evadirme en relaciones sofocantes.
A los pocos minutos vuelve
Ana, recién bañada tiene un tinte menos vacío, se percibe la frescura de su
juventud apunto de extinguirse, su rostro no parece tan adusto, sus párpados no
caen y las ojeras se perciben en menor medida. Tiene el cabello negro, descolorándose
en la toalla de baño por su reciente tinte, ese azulado agregado hace que su
piel se vea más clara, pero sigue teniendo ese aspecto improvisado, de alguien
que ha crecido en una zona popular y su genética no le permite vestir ropas más
selectas. Su cuerpo es redondo, con caderas anchas, pero con un trasero somero.
Sus brazos también son rechonchos, su piel da evidencia de su pasado, no se
nota bien alimentada y está muy asoleada.
Me molesta que esté ahí,
invadiendo el espacio que no le corresponde. Lleva meses itinerantes
dependiendo de una persona que no le toca, generando esa sofocación, esos malos
entendidos, incluso esa distancia que hubo entre Margarita y yo. Sigue ahí,
llorando como si de verdad le afectara.
Decido escoger lo que
usaré y me meto a la regadera, el agua está casi fría y trato de no demorar. El
agua corre en mi cuerpo y lo deja helado, frío, estremecido. Escucho a lo lejos
la alarma de Margarita, él tampoco entiende la realidad, comprende más mi
sentir que muchos de los que ayer me abrazaron y dijeron que lo sentía. Me
enjuago y seco, me salgo y visto.
Ana preparó café y se
atrevió a preparar un desayuno. No me gusta el melón verde, no me gusta el jugo
de naranja, aborrezco el pan de centeno con mermelada de durazno, el café
altera mis nervios. La veo y le agradezco, pero me excuso -Mi tristeza no deja
que el apetito aparezca, lo siento-. La apresuro y le digo que es tarde, que
debemos llegar antes de que la ceremonia comience.
Ella lleva unas mallas y
un jersey negro, un abrigo café que se amarra a la cintura. Lleva unas Dr.
Martens, una bufanda mostaza, el cabello suelto, lacio y un maquillaje discreto
pero que la ayuda a verse menos desvelada. Me mira y sonríe, le gusta mi
chaqueta larga y mi cabello rebelde –nos vamos- me dice. Acepto y me despido de
Café, mi perrito. Sólo pienso que, entre más rápido acabe, más fácil será todo.
Llegamos al
lugar, ése donde todo se torció, donde no pega el sol, donde la modernidad está
prohibida, donde quiero deshojarme a besos y no puedo. Es una sala amplia,
calurosa, con mucha gente conocida, con otros más ajenos, con parejas que
fueron felices, con otras que son infelices en la lejanía. La veo cerca de la
entrada, me abraza, me dice que en verdad sólo puede hacer eso, no sabe qué más
decir, qué más hacer. Está bien que me abrace.
Pronto
sentimos la mirada de Ana. Nos despedimos. Entramos a la realidad.
Se sepultaron
las sonrisas, percibo que no tengo sueños, si los tuve, los olvidé. Margarita
me enseñó que a veces los sentimientos no son correspondidos, que el tiempo te
desfavorece, que la esperanza es dura cuando se pierde, sobre todo cuando va en
la misma proporción a tu enorme facilidad de ilusionarte. No hay marcha atrás,
debo enfrentar que se va, que no volverá y que no podré encontrar una palabra
más fuerte que el amor. No hay un sinónimo para ese amor que le sentí. Ese amor
que siento por Margarita y que no terminé de expresarle.
Escucho que
empiezan a llorar. No puedo hacerlo por completo, Ana ya está abrazándome y
pidiendo que la conforte. Levantó la vista y la veo, está sola, ahí, viendo
cómo me parto por dentro e intentando darme fuerza con la mirada. La ceremonia
termina, piden que me acerqué para despedirla, lo hago. A la primera que puedo
abrazar es a ella, me toma y me dice que me ama, que siempre lo ha hecho y
siempre estará, se escabulle entre la gente que llega a verme, a tomarme y
decir que están ahí. Se va. Las dos se han ido.
Después del
sepelio lo único que pienso es que todo ha quedado ahí, bajo tierra, ha
terminado. Todos poco a poco dejaron las flores cansadas, lloran por ese amor
no dicho, por el tiempo que pasó. Siento que regalé mi corazón y ahora lo devolvieron
rayado. Como ella algún día me dijo: te lo entrego, completo e intacto, cuídalo
y déjame ser parte de ti. La dejé y ahora ya no está para confortarme.
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