lunes, 13 de marzo de 2017

Corazón rayado


No supe en qué momento logré dormir, pero despertarme no me causó conflicto alguno. La realidad no permitió que mi cerebro descansara. Margarita se fue, era imposible evadir los trámites, a la familia, a los amigos, a la preocupación y a los llantos, esos llantos ajenos que no han permitido que escuche mis gritos y quejidos interiores.

Ana está a mi lado y percibe que desperté, empieza a moverse, resopla, estira sus pies, imita un sueño profundo y perfila una mirada furtiva e indiscreta hacia mí. Hola-me dice- ¿has logrado descansar? Cuestiona casi de forma automática, sin realmente pensar la pregunta, endereza su cuerpo, estira sus brazos y me mira con mayor atención. Sus ojos se tornan vacíos, trata de fijar su vista, pero en realidad no sabe qué decirme.

Toma mi cuello, se recuesta en mi pecho y me dice por décima vez que siente mucho mi pérdida. Comienza a llorar y debo abrazarla, pues ella sí tiene oportunidad de mojar su rostro. Después de unos minutos me dice que se bañara y que me recomienda hacer lo mismo. Quedo tendido en la cama, solo, viendo hacia el techo. Descubro un par de telarañas invasivas y recuerdo que la limpieza de éstas me correspondía a mí, pero deje que la casa se fuera desmoronando poco a poco, siempre en mi afán de trabajar y evadirme en relaciones sofocantes.

A los pocos minutos vuelve Ana, recién bañada tiene un tinte menos vacío, se percibe la frescura de su juventud apunto de extinguirse, su rostro no parece tan adusto, sus párpados no caen y las ojeras se perciben en menor medida. Tiene el cabello negro, descolorándose en la toalla de baño por su reciente tinte, ese azulado agregado hace que su piel se vea más clara, pero sigue teniendo ese aspecto improvisado, de alguien que ha crecido en una zona popular y su genética no le permite vestir ropas más selectas. Su cuerpo es redondo, con caderas anchas, pero con un trasero somero. Sus brazos también son rechonchos, su piel da evidencia de su pasado, no se nota bien alimentada y está muy asoleada.

Me molesta que esté ahí, invadiendo el espacio que no le corresponde. Lleva meses itinerantes dependiendo de una persona que no le toca, generando esa sofocación, esos malos entendidos, incluso esa distancia que hubo entre Margarita y yo. Sigue ahí, llorando como si de verdad le afectara.
Decido escoger lo que usaré y me meto a la regadera, el agua está casi fría y trato de no demorar. El agua corre en mi cuerpo y lo deja helado, frío, estremecido. Escucho a lo lejos la alarma de Margarita, él tampoco entiende la realidad, comprende más mi sentir que muchos de los que ayer me abrazaron y dijeron que lo sentía. Me enjuago y seco, me salgo y visto.
Ana preparó café y se atrevió a preparar un desayuno. No me gusta el melón verde, no me gusta el jugo de naranja, aborrezco el pan de centeno con mermelada de durazno, el café altera mis nervios. La veo y le agradezco, pero me excuso -Mi tristeza no deja que el apetito aparezca, lo siento-. La apresuro y le digo que es tarde, que debemos llegar antes de que la ceremonia comience.

Ella lleva unas mallas y un jersey negro, un abrigo café que se amarra a la cintura. Lleva unas Dr. Martens, una bufanda mostaza, el cabello suelto, lacio y un maquillaje discreto pero que la ayuda a verse menos desvelada. Me mira y sonríe, le gusta mi chaqueta larga y mi cabello rebelde –nos vamos- me dice. Acepto y me despido de Café, mi perrito. Sólo pienso que, entre más rápido acabe, más fácil será todo.

Llegamos al lugar, ése donde todo se torció, donde no pega el sol, donde la modernidad está prohibida, donde quiero deshojarme a besos y no puedo. Es una sala amplia, calurosa, con mucha gente conocida, con otros más ajenos, con parejas que fueron felices, con otras que son infelices en la lejanía. La veo cerca de la entrada, me abraza, me dice que en verdad sólo puede hacer eso, no sabe qué más decir, qué más hacer. Está bien que me abrace.

Pronto sentimos la mirada de Ana. Nos despedimos. Entramos a la realidad.

Se sepultaron las sonrisas, percibo que no tengo sueños, si los tuve, los olvidé. Margarita me enseñó que a veces los sentimientos no son correspondidos, que el tiempo te desfavorece, que la esperanza es dura cuando se pierde, sobre todo cuando va en la misma proporción a tu enorme facilidad de ilusionarte. No hay marcha atrás, debo enfrentar que se va, que no volverá y que no podré encontrar una palabra más fuerte que el amor. No hay un sinónimo para ese amor que le sentí. Ese amor que siento por Margarita y que no terminé de expresarle.

Escucho que empiezan a llorar. No puedo hacerlo por completo, Ana ya está abrazándome y pidiendo que la conforte. Levantó la vista y la veo, está sola, ahí, viendo cómo me parto por dentro e intentando darme fuerza con la mirada. La ceremonia termina, piden que me acerqué para despedirla, lo hago. A la primera que puedo abrazar es a ella, me toma y me dice que me ama, que siempre lo ha hecho y siempre estará, se escabulle entre la gente que llega a verme, a tomarme y decir que están ahí. Se va. Las dos se han ido.

Después del sepelio lo único que pienso es que todo ha quedado ahí, bajo tierra, ha terminado. Todos poco a poco dejaron las flores cansadas, lloran por ese amor no dicho, por el tiempo que pasó. Siento que regalé mi corazón y ahora lo devolvieron rayado. Como ella algún día me dijo: te lo entrego, completo e intacto, cuídalo y déjame ser parte de ti. La dejé y ahora ya no está para confortarme.  




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